Monthly Archives: enero 2012

Ecología para tiempos de crisis

Estamos acostumbrados a que nos vendan lo ecológico como un lujo, una etiqueta de calidad que encarece el producto, y, por ello, en tiempos de crisis, tendemos a olvidarnos de la “ecología” para dar prioridad a la “economía”. Sin embargo, el ecologismo auténtico (no el del marketing) ha sido siempre cuestión de ahorro y, precisamente por ello, resulta tremendamente útil en estos momentos de crisis. Además los llamados “empleos verdes” son una interesante fuente de nuevos puestos de trabajo que no debemos despreciar, dada la urgente necesidad que tiene la sociedad española de crear empleo.

Ahora que las economías domésticas no están para muchas alegrías, es el momento de ahorrar en la factura de la calefacción y recordar que mejorar el aislamiento de la vivienda o instalar paneles térmicos son medidas relativamente sencillas y dan lugar a ahorros medios de un 50%. Además, si uno va a hacerse una vivienda de nueva construcción, puede optar por diseñarla con criterios bioclimáticos, con lo cual se pueden llegar a conseguir viviendas autosuficientes. Es asombroso comprobar cómo se pueden hacer viviendas que, en el clima de la meseta, no bajan de los 18 grados en invierno ni superan los 26 en verano sin aporte de calefacción ni aire acondicionado, sobre todo porque esto se consigue con un sobrecoste en el precio de construcción de un 8%.

La rehabilitación de viviendas con fines de ahorro energético, según un informe del instituto ISTAS recientemente publicado, puede ser una importante fuente de puestos de trabajo en el sector de la construcción. Además, puesto que el ahorro energético termina compensando la inversión realizada, el balance termina siendo positivo y el impacto sobre la economía española podría ser muy beneficioso: cambiaríamos la importación de unos combustibles que cada día nos resultan más caros por creación de puestos de trabajo.

El uso de la bicicleta en la ciudad es otra gran fuente de ahorro. En ciudades llanas, la bicicleta es tremendamente rápida y eficaz, y para ciudades con pendientes las bicis eléctricas son una buena opción. Numerosos ciclistas urbanos hablan de que, al probarlo por primera vez, no se podían creer que fuera mucho más agradable que moverse en coche, y se preguntan por qué no lo han hecho antes. Esto evidencia que el obstáculo principal al uso masivo de bicicletas es la mentalidad dominante. Las autoridades, en estos momentos más que nunca, deberían realizar campañas de marketing para promocionar el uso de la bicicleta y reorganizar las ciudades para garantizar la seguridad de los ciclistas. El ahorro de petróleo aliviaría las economías domésticas, estimulando otros sectores económicos y ayudaría a mejorar la balanza de pagos española, ya que somos uno de los países de la UE con importaciones de petróleo elevadas en relación a nuestro PIB.

Otra buena forma de ahorrar energía es la combinación de la agricultura ecológica, las dietas poco carnívoras y las redes cortas de comercialización. Por una parte, producir un kilo de proteína animal requiere entre 3 y 10 kilos de proteína vegetal, con lo cual el ahorro energético de una dieta menos carnívora es considerable. Esto se nota en el bolsillo, ya que la carne suele ser lo más caro de la cesta de la compra. Además, se estima que en España consumimos el doble de la carne necesaria, lo cual no beneficia en absoluto a nuestra salud.

Por otra parte, la agricultura ecológica se basa en cultivar sin abonos y pesticidas químicos, que son fabricados a base de gas natural y petróleo, y, por ello, requiere menos energía. Los rendimientos de la agricultura orgánica son cada día mejores y algunos estudios recientes (como el realizado por el instituto ISTAS) concluyen que su producción por hectárea es muy similar a la de la convencional, pero con mucho menor impacto ambiental y mayor creación de puestos de trabajo. El elevado precio que los productos ecológicos tienen actualmente no se debe tanto a los bajos rendimientos como a la comercialización, por lo que los precios podrían bajar sustancialmente si, desde las administraciones, se apuesta por esta agricultura ahorradora de energía y creadora de empleo.

Sin embargo, no se puede considerar que una producción agraria es ecológica si no se basa en redes de distribución lo más cortas posibles. El consumo energético y las emisiones de CO2 que requiere la actual producción y distribución de alimentos son desorbitados, ya que se estima que los alimentos viajan una media de 4000 kilómetros antes de llegar a nuestra mesa. Una relocalización de la producción de alimentos sería muy deseable, ya que, el precio del combustible para transportar esos alimentos termina repercutiendo en el consumidor.

La actual crisis económica es tan severa que está haciendo que nos centremos en el día a día y no prestemos atención a aspectos como la energía. Es excesivamente simplista atribuir al elevado precio del petróleo toda la responsabilidad de la actual crisis, pero también es simplista pensar que la escasez de una materia prima absolutamente indispensable en todas nuestras actividades no vaya a tener importantes repercusiones. El hecho de que el precio del petróleo se haya multiplicado por cuatro en menos de una década y la producción lleve cinco años prácticamente estancada, tiene, probablemente, mucha más responsabilidad en la crisis económica global de lo que se reconoce oficialmente.

Aparcar el coche en la ciudad, usar la bici, instalar aislantes y paneles solares en casa, cambiar a dietas más vegetarianas y a una agricultura ecológica y local… todo ello puede ayudar a nuestra economía, tremendamente dependiente del petróleo, y hacer que nuestra calidad de vida no disminuya por ello. Cambiar hacia un estilo de vida más ecológico no sólo es una forma altruista de beneficiar al medio ambiente, es también una forma de beneficiar nuestros bolsillos, crear empleos y reactivar la economía de un país, como el nuestro, con una enorme crisis económica y enormemente dependiente de la importación de energía.

Marga Mediavilla Pascual, publicado en El Norte de Castilla, 9 de febrero 2012.

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Dejemos de construir moais

Muchas civilizaciones colapsan. No es algo tan raro. ¿Estamos nosotros colapsando? Desde luego, estamos bajando. Todos los imperios en un momento dado se creen más fuertes y más inteligentes que todos sus antecesores. Todos construyen las torres más altas, las pirámides más grandes, los palacios más ostentosos. Todos llega un momento que sobreexplotan los recursos naturales que los sustentan y entran en profundas crisis.

Algunos no colapsan. Algunos se dan cuenta de que están deteriorando sus tierras y sus bosques y pasan por periodos de profundos cambios colectivos. Los japoneses del siglo XVII tuvieron grandes problemas de erosión debido a la tala de sus bosques. Supieron parar a tiempo, prohibir la corta de madera, no aumentar su población, mejorar su agricultura y llegar al siglo XIX como una nación cohesionada.

Otros colapsan. Los habitantes de la Isla de Pascua reaccionaron, pero justo en la dirección equivocada. Los bosques de palmas empezaron a escasear y las tierras a erosionarse, pero sus creencias los cegaban. Echaron la culpa al enfado de sus dioses y, en lugar de salvar los bosques, se dedicaron a talarlos para construir más estatuas de piedra, o moai,  más grandes todavía en los tiempos de crisis. Acabaron con los bosques, con las tierras, e incluso con la posibilidad de construir barcas de pesca y comer pescado. El último moai, varias veces mayor que el mayor de los realizados, no llegó a ponerse en pie, quedó en la cantera inacabado.

Castilla también colapsó. A todos nos han explicado la historia de aquella poderosa Mesta, a la que los reyes protegían mientras descuidaban la agricultura y la industria. Nosotros hicimos como los pascuenses: dejamos que las tierras se deteriorasen bajo el empuje de las ovejas, talamos los bosques para construir navíos de guerra y salvar el comercio de la lana con Flandes. En lugar de proteger a los campesinos, los arruinamos con impuestos y mantuvimos a hijosdalgos, nobles y curas. En nuestros pueblos se pueden ver los rastros de nuestros moais: enormes iglesias con retablos de oro.

¿Estamos al borde de otro colapso? Estamos cayendo, desde luego. Es hora de hacer lo que hicieron los japoneses: proteger lo más importante, lo más humilde, lo que nos da de comer y es la base de nuestra economía. ¿Estamos salvando lo importante o volvemos a proteger a la Mesta? ¿Por qué salvamos a bancos y empresas constructoras? ¿No deberíamos salvar las pymes, la agricultura y la empresa familiar primero? ¿Qué hicimos con el plan E, sino construir moais en tiempos de crisis, como los pascuenses?

Probablemente estamos al borde de un nuevo colapso, en España y en la economía global. Y no sé si sabremos reaccionar porque, como todos, nos creemos mucho más inteligentes que todas las culturas que han pisado el planeta; y, aunque nos llamamos civilización científica, seguimos regidos por creencias que nos impiden ver la realidad. Los economistas dicen que tenemos que crecer y consumir más, pero… ¿qué es “estimular el consumo” sino malgastar recursos que se están volviendo escasos? Son abrumadores los datos que avisan de que los recursos están empezando a escasear: las tierras están erosionándose, los combustibles fósiles están llegando a sus techos de producción, el avance tecnológico no es capaz de dar sustitutos válidos a las energías fósiles, las pesquerías están colapsando…

Es probable que nos enfrentemos, una vez más, al viejo problema del colapso de las sociedades complejas. Es posible que estemos al borde. Pero todavía no hemos colapsado. De nosotros depende tomar la opción de los japoneses, o de los pascuenses. ¿Qué podemos hacer? Parece claro que lo más importante es no dejarse cegar por creencias e intentar ver la realidad del momento. También es importante no malgastar recursos haciendo moais y tener control sobre las “mestas”, no dejando que los poderosos lleven la sociedad a la catástrofe.
Pero quizá lo más importante es despojarnos de ideas superfluas que adquirimos cuando vivimos épocas de esplendor. Es preciso ver que no son los palacios, catedrales, aeropuertos y AVEs los que nos dan de comer, sino los campesinos, las tierras, la empresa realmente productiva y los recursos naturales. Es preciso recuperar el valor de lo humilde, de lo sencillo, de todas esas cosas que realmente son imprescindibles porque nos alimentan; de todas esas cosas que, en épocas de esplendor, olvidamos.

Marga Mediavilla, publicado en El Mundo, edición Valladolid, 3 de noviembre 2011.202

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Aprendiendo del Sur

En el pleno del Ayuntamiento de Valladolid del 14 de diciembre de 2011 un concejal de la corporación municipal pronunció una desafortunada frase: “de Maputo, honestamente, creo que no tenemos mucho que aprender”.

Que un representante de la ciudadanía exprese una opinión así, en medio de un debate público, resulta muy preocupante y especialmente en los tiempos que corren.

Maputo es la capital de Mozambique, un país que tras demasiados años de guerra, animada como casi todas las guerras del Sur por las potencias del Norte, está tratando de salir adelante. Informes del Banco Mundial lo situan, junto a Vietnam, como uno de los países que está consiguiendo reducir las enormes tasas de pobreza y analfabetismo que sufrían. Y ello, a pesar de ser un país importador de petróleo. La mortalidad infantil ha disminuido, aunque todavía se encuentra en niveles demasiado altos, y las matrículas escolares han aumentado.

Mozambique ha sido beneficiario de las iniciativas de alivio de la deuda, una deuda externa que ahogaba sus posibilidades de desarrollo. Bajo el liderazgo de su gobierno, democráticamente elegido, los donantes se han coordinado para proporcionar apoyo presupuestario directo: es decir, aportar directamente fondos a su presupuesto público, no a proyectos concretos, pequeños o grandes, sino a su presupuesto estatal, en el marco de una estrategia de lucha contra la pobreza elaborada por el gobierno. La prioridad del gasto público ha sido pues la reducción de la pobreza a través de los programas sociales. Y la renegociación de la deuda.

Podríamos aprender mucho del Sur, de la capacidad de resistencia, de la alegría de sus gentes cuando celebran, de la energía y la ternura con la que las mujeres alimentan a sus familias, de los esfuerzos que a diario millones de niñas y niños realizan para poder acudir a la escuela, del cuidado con el que se atiende la tierra, conscientes de que los papeles de colores a los que tanto valor damos en el Norte, no se comen.

Y podríamos aprender también, de ciudadanos y ciudadanas, parlamentos y gobiernos, que un día resolvieron que las deudas que les estrangulaban eran odiosas e ilegítimas. Y decidieron no pagar. Y siguieron adelante.

Como mínimo, de los habitantes de Maputo podríamos aprender a bailar. Y no es baladí. En medio de una crisis financiera, antesala de una crisis climática y energética global que va a cuestionar los cimientos mismos de nuestra sociedad, y atenazados por una sensación generalizada de miedo y angustia, bailar, cantar,  celebrar, soñar, reir, y de esta manera, imaginar soluciones alternativas solidarias, creativas y humanas, puede ser la única manera de encontrar un rumbo nuevo hacia el que encaminar nuestros pasos.

Carmen Duce Diaz

Valladolid, 8 de enero de 2012

Anexo para ver y escuchar:

Companhia Nacional de Canto e Dança de Moçambique

capoeira

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