Monthly Archives: noviembre 2016

Comparación de una ganadería agroecológica con otra agroindustrial

Una de las conclusiones más obvias  nuestros estudios sobre la energía es el hecho de que debemos prestar especial atención a las actividades que más dependen de los combustibles líquidos, porque son las más frágiles ante el  pico del petróleo. Entre ellas destaca la agricultura, que no sólo es un sector económico muy importante, sino también la base del sustento humano. La agricultura actual se encuentra enmarcada en un modelo agroindustrial enormemente dependiente del uso masivo de derivados del petróleo que la convierte, también, en la principal causa de la degradación de los ecosistemas, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático.

Por ello, cada vez son más las voces que afirman que es preciso cambiar este modelo agroindustrial, que impone la lógica de la fábrica a la naturaleza  a base de un enorme subsidio de energía fósil, por un modelo agroecológico, que se base en el respeto y la armonía con los ecosistemas. [1]. Por suerte, siempre hay personas que nadan contra corriente y  llevan años fuera de los cauces convencionales. Estas personas ahora nos pueden ofrecer sus experiencias, que resultan  de gran valor. Ese es el caso de la Cooperativa Crica, la única ganadería de producción de leche ecológica de Castilla y León y, en estos momentos (después del cierre de Lauki) la única empresa de producción de leche de vaca  en la provincia de Valladolid.

La Cooperativa Crica cuenta con una pequeña ganadería  y una pequeña fábrica de elaboración y destaca por la cantidad de empleo que es capaz de generar a partir de su escaso nivel de producción (7 empleos a tiempo completo en estos momentos). ¿Qué hace que  la Cooperativa Crica sobreviva en estos momentos en los que las ganaderías de leche de toda España están en números rojos y al borde de la bancarrota?

El secreto de Crica es, probablemente, el hecho de que ha implementado un modelo  completamente opuesto al modelo agroindustrial globalizado. En lugar de buscar gran producción, la Cooperativa Crica busca autosuficiencia que le permita ahorrar costes de insumos; en lugar de confiar en las cadenas de distribución y en las grandes elaboradoras, busca cerrar el ciclo y llegar directamente al consumidor sin depender  de intermediarios; en lugar de entrar en el juego de la economía global competiva busca sus propios consumidores locales y redes de solidaridad entre consumidores y productores.

Pero no es sólo la independencia respecto a la gran distribución lo que hace que  Crica sobreviva frente a la ruina general del sector lechero. La energía tiene mucho  que decir en este asunto.

 Hace unos años comenzamos a realizar un estudio energético-económico de la Cooperativa Crica en el que hemos participado diversas personas en diferentes proyectos (María del Carmen Bustillo Alonso,  Belén Martínez Madrid -UCM- Andrea Villanueva, Óscar Carpintero, Roberto Vega, Margarita Mediavilla -UVa). En él se compara la producción lechera de Crica con la de una ganadería agroindustrial de tamaño y localización similar analizando cuatro aspectos:

  1. Ocupación de tierra por litro de leche producida con ambos modelos.
  2. Energía fósil utilizada en la producción de un litro de leche con ambos modelos.
  3. Costes económicos por litro de leche producida en ambos modelos.
  4. Emisiones de gases de efecto invernadero (energéticas y no energéticas) por litro de leche producida en ambos modelos.

Los datos analizados muestran que Crica tiene un consumo energético casi tres veces menor que la ganadería agroindustrial por litro de leche producida, lo que  hace que en estos momentos, sea más sostenible incluso desde el punto de vista económico. Sin embargo, su ocupación de terreno dobla la del modelo agroindustrial, debido a que necesita recurrir a razas de animales más rústicas. La producción lechera actual en Castilla y León se basa en la utilización de alimentos cultivados en  otros países y/o de regadío (soja, maíz, remolacha). Basar la producción únicamente en tierras de secano locales implica productividades menores.

Esto muestra que ya existen  formas de producción ganadera que nos  permiten sortear las primeras décadas de la cuesta abajo del petróleo y que  en estos momentos empiezan a  ser rentables,  pero también muestra que volver a una producción local de baja energía implica dejar de utilizar las hectáreas globales que ahora mismo usamos y requiere una reducción del consumo de alimentos de origen animal.

Por otro aldo, las emisiones de gases de efecto invernadero por litro de leche  son similares en ambos modelos, pero, si se tiene en cuenta la absorción de carbono debida a las técnicas de regeneración de suelos usadas en la ganadería Crica, el modelo agroecológico tiene emisiones mucho menores e, incluso, puede convertirse en un sumidero neto de carbono.

El escaso número de ganaderías que utilizan estas técnicas y los aún más escasos estudios sobre ellas hacen que estos resultados deban ser tomados con cautela. Sin embargo, de confirmarse, cuestionarían  la afirmación de que la ganadería vacuna es una de las mayores responsables del cambio climático. Si bien el modelo agroindustrial hace cierta esta afirmación, en un manejo agroecológico el ganado puede ser un elemento beneficioso que permita la siembra directa sin laboreo ni herbicidas y convierta las praderas en sumideros de carbono.

Por ello, a la hora de hablar de qué tipo de dieta es sostenible deberíamos distinguir claramente cómo se ha realizado la producción de los alimentos. Si bien una dieta vegetariana/vegana, en principio, posee una menor huella ecológica, la introducción de cantidades moderadas de productos de ganadería agroecológica puede ayudar a la gestión de los ecosistemas y ser beneficiosa para el planeta.

Descargar el estudio completo

Marga Mediavilla


[1] Wake up before it’s too late. Make agriculture truly sustainable now for food security in a changing climate.United Nations Conference on Trade and Development (UNCTAD).

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Crisis: oportunidad perdida

Dicen que toda crisis trae consigo una oportunidad, pero las oportunidades no llegan por sí mismas a ejercer sus posibles efectos beneficiosos de manera automática. Para que una crisis se convierta en oportunidad hemos de ser capaces de realizar una difícil alquimia que consiste en convertir el dolor en lucidez; esa lucidez que –anudada con el coraje- permite cambiar comportamientos, actitudes y valores erróneos.

No da la impresión de que en España estemos sabiendo convertir la crisis en oportunidad. A siete años del estallido de la burbuja inmobiliaria vuelven a verse grúas y andamios en nuestras calles. Seguimos teniendo millones de casas vacías y un país envejecido que no necesita nuevas viviendas, pero la industria de la construcción no ha cambiado sus aspiraciones ni su forma de hacer negocios. El capital español sigue aferrado a sus esquemas empresariales rígidos, sin adaptarse a la nueva realidad; más bien intentando que sean la sociedad y la política las que se sigan adaptando a su destructivo negocio.

Tampoco hemos aprovechado la oportunidad que los altos precios del crudo nos brindaron entre 2006 y 2014. El año pasado nuestro consumo de petróleo volvió a aumentar después de 9 años de descenso (en los que cayó un 25% respecto al máximo de 2008). Los altos precios del petróleo no nos han servido para darnos cuenta de lo dependientes que somos de un combustible cuyo suministro no tenemos, ni mucho menos, asegurado. En cuanto el precio de la gasolina ha bajado hemos vuelto a usar nuestro vehículo privado con los mismos patrones de antes. No hemos cambiado nuestros hábitos de transporte ni hemos intentado ambiciosos planes de movilidad en las ciudades; no nos hemos planteado instalar paneles solares ni mejorar el aislamiento de nuestras viviendas.

Las empresas de la construcción no han intentado, siquiera, algo tan obvio como reorientar su negocio hacia la rehabilitación de edificios para la mejora de la eficiencia energética, cosa que podría haber ayudado a mitigar dos de nuestros mayores problemas: la dependencia energética y la crisis del sector de la construcción.

Si no hemos sabido aprovechar, siquiera, esas sencillas oportunidades empresariales, no es extraño que apenas hayamos realizado un ejercicio de reflexión colectiva acerca de todo lo que nos ha llevado a la crisis, ni nos estemos preguntando qué es lo que ha cambiado en el mundo desde el año 2008.

La crisis de la deuda volverá, porque es evidente que se ha cerrado en falso. También el precio del petróleo subirá en unos pocos años, dado que las compañías petroleras están teniendo unas tasas de inversión en nuevos pozos muy escasas que, como advierte la Agencia Internacional de la Energía, son insuficientes para cubrir el declive de los yacimientos convencionales. La industria de los petróleos no convencionales (fracking) está en números rojos y, en los próximos años, tampoco vamos a poder contar con el balón de oxígeno que estos contaminantes recursos han aportado.

Cuando esto ocurra, España se volverá a encontrar con una economía hipotecada, tanto por la deuda como por los altos precios del petróleo. Volveremos a encontrar que la importación de crudo se lleva un 4% o un 5% del PIB, como hizo en años pasados, y no tendremos el transporte público, las viviendas eficientes ni los hábitos de consumo que nos permitirían, al menos, reducir la sangría económica que supone la importación de energía.

La reciente crisis energética no ha dado lugar a una reacción como la que se vivió en el shock petrolero de los años setenta. Los altos precios de la gasolina no han llenado nuestras ciudades de bicicletas, como se llenaron las holandesas y danesas en su día; no han servido para extender la alarma acerca de los límites del planeta, como hicieron los informes del Club de Roma; ni para disparar un movimiento anticonsumista como el hippie, que surgió en aquellos años en los que también se inventaron la permacultura, la bioconstrucción y las energías renovables. Ahora el hippismo de los setenta está desprestigiado y es ridiculizado; es, más bien, el fascismo de los años treinta lo que se vuelve a poner de moda.

No vivimos en los audaces setenta y nuestra generación no tiene el valor de preguntarse cuántas reservas de petróleo realmente quedan. Hemos convertido en tabú las cuestiones “escasez de energía” y “límites al crecimiento” aduciendo que son debates muy antiguos y pasados de moda y, efectivamente, son problemas muy antiguos y debates que se cerraron en falso: por ello vuelven de nuevo una y otra vez.

Nuestra reacción a la crisis ha consistido en esconder la cabeza debajo del ala y echar toda la culpa al político corrupto o al emigrante. En estos años hemos tomado conciencia sobre el bipartidismo, la “casta” empresarial o el neoliberalismo, pero se ha avanzado muy poco en la conciencia sobre la crisis energética y ecológica. Muy pocos queremos ver que Europa se está quedando sin energía desde el año 2000, cuando los yacimientos del Mar del Norte empezaron a declinar; que vivimos en un planeta amenazado por el cambio climático y por una salvaje destrucción de la biodiversidad; que los combustibles fósiles van a abandonarnos a lo largo de este siglo, y que todo ello, tarde o temprano, va a tener enormes consecuencias económicas.

Las causas ambientales y energéticas de la crisis siguen, todavía, sin ser analizadas y no deberíamos subestimarlas de esta manera. El paulatino descenso de la calidad de la energía, que ya estamos viviendo, no es la causa de todo eso que llamamos “crisis” pero agrava todos los problemas. La energía escasa acentúa los peores defectos del capitalismo, hace imposibles las tasas de ganancia y el crecimiento de antaño y vuelve más sangrantes las desigualdades sociales. Nuestra economía de consumo basa sus cimientos en una radical insostenibilidad ambiental y energética. Las y los españoles, a estas alturas, ya deberíamos saber bien a qué conduce ese tipo de radical y profunda insostenibilidad: a un enorme pinchazo de la burbuja.

Marga Mediavilla

(Tambien publicada en El Diario )

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Trump: camino del escenario 3

La victoria de Donald Trump, al igual otras tantas cosas que están sucediendo en los últimos años (el auge de la ultraderecha en Europa, la caída del comercio asiático, el Brexit o la guerra en Siria y Yemen), nos muestra que vamos por el camino del Escenario 3. No podía ser de otra forma, ya que la energía siempre nos dijo que ese era el escenario más realista.

¿Qué es el Escenario 3? Los escenarios son una especie de narrativa que intenta atisbar el futuro. Son utilizados  por las Naciones Unidas y otras agencias internacionales para intentar predecir el futuro de la humanidad y agrupar sus reflexiones en torno a visiones coherentes. Nosotros llamamos Escenario 3 a una de estas visiones arquetípicas que barajan las agencias internacionales y que utilizamos en nuestro estudio donde las comparábamos  con los límites energéticos.

El Escenario 3 preveía un futuro de competición regional y vuelta a la soberanía nacional. Se describía diciendo que  las regiones se centrarían principalmente en la autosuficiencia y la identidad regional, aumentando las tensiones entre regiones y/o culturas. Los países pondrán sus esfuerzos en la seguridad, apoyando los mercados regionales (proteccionismo, desglobalización) y prestando poca atención a los bienes comunes, a acuerdos internacionales de protección del medio ambiento y a la cooperación para el desarrollo. Además, se pondrían pocos esfuerzos en la difusión de la tecnología, de forma que el progreso tecnológico avanzaría lentamente.  El Escenario 3 habla de desglobalización y es, en buena medida, el discurso conservador de Trump.

Otros de los escenarios que se barajaban hablaban de optimismo económico y alto crecimiento en una humanidad que se vuelca en conseguir mercados competitivos y un  libre comercio que, eventualmente, beneficiaría  a todos permitiendo corregir las desigualdades sociales y los problemas ambientales. Este es, por ejemplo, el  Escenario 1, el de la globalización. También está  el Escenario 2, el del capitalismo verde, una versión amigable del Escenario 1, que concede prioridad a la protección del medio ambiente y la reducción de las desigualdades, utilizando los avances tecnológicos, la desmaterialización y la economía de los servicios y la información.

Había un cuarto escenario en juego, el Escenario 4, que consiste en una visión un poco más amable del 3. En él se produce un importante cambio en los valores, la sociedad reacciona contra un consumismo sin sentido y contra la falta de respeto por la vida. Ciudadanos y países deciden asumir sus responsabilidades siendo un ejemplo “verde” para el resto. Aunque las barreras al comercio de mercancías se vuelven a construir, las barreras a la información tienden a ser eliminadas. El énfasis se pone en encontrar soluciones regionales para los problemas sociales y ambientales, normalmente combinando cambios drásticos en los estilos de vida con estilos descentralizados de gobernanza.  El Escenario 4 sería el ecologista, el de la autonomía local, el de la cooperación y el  open-source.

El problema es que los Escenarios 1 y 2 requieren mucha energía y es el Escenario 3, precisamente, el que necesita menos energía porque tiene menos comercio y menos crecimiento económico. De cerca le sigue el Escenario 4. Lo malo es  que el Escenario 3 es ciego a los problemas ambientales y conduce a la guerra por los recursos porque no se plantea un cambio de modelo hacia una sociedad austera, que proteja el planeta y basada en energía renovables. Sólo el Escenario 4 podría ser mínimamente sostenible, porque es el único que invierte en la energía del futuro y crece poco.

El triunfo de Trump, como otras tantas cosas, nos muestran que las opciones del bussiness as usual ya no son lo que solíamos llamar bussines as usual. Ya no podemos optar entre la globalización neoliberal o la globalización un poco más social del desarrollo sostenible. Ahora  las únicas opciones políticas posibles son  las del Escenario 3 (neoconservadores, ultraderecha,  PP) o las que podrían surgir de un Escenario 4 (anticonsumistas y ecosocialistas).

La izquierda tradicional tiene que despertar y dejar de perseguir futuros tipo “desarrollo sostenible  buscando una globalización un poco más amable o más verde. Sólo las opciones políticas muy conscientes del decrecimiento y los límites del planeta pueden ser un discurso sólido  frente a los neoconservadores. Es preciso en estos momentos desarrollar una alternativa política que esgrima los valores del anticonsumismo,  la defensa de la tierra, la vida y la cooperación, y, con ello, contrarreste las tendencias autodestructivas neoconservadoras que nos conducen a una peligrosa competición por los recursos en un planeta en constante degradación.

Marga Mediavilla

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Publicación artículo científico sobre la disponibilidad de recursos energéticos fósiles y el cambio climático

Acceso al post original en BC3-News.

El equipo multidisciplinar ha publicado el siguiente artículo en el journal “Energy & Environmental Science” centrado en las implicaciones de la incertidumbre de disponibilidad de recursos fósiles sobre los escenarios climáticos futuros: :

Capellán-Pérez, Iñigo, Iñaki Arto, Josué M. Polanco-Martínez, Mikel González-Eguino, and Marc B. Neumann. “Likelihood of Climate Change Pathways under Uncertainty on Fossil Fuel Resource Availability”, Energy & Environmental Science 9, no. 8 (August 2, 2016): 2482–96. doi:10.1039/C6EE01008C. (open-access)
http://pubs.rsc.org/en/content/articlelanding/2016/ee/c6ee01008c

La percepción de la abundancia de recursos energéticos fósiles (petróleo, gas y carbón) ha determinado tradicionalmente las políticas energéticas y climáticas en la mayoría de países del mundo. Así, las transiciones energéticas se suelen planificar (y modelar) como transiciones principalmente dirigidas por la demanda de recursos. Sin embargo, existe una creciente literatura científica que apunta a que esta hipótesis está sujeta a una gran incertidumbre y es, por lo tanto, discutible. El caso del petróleo es paradigmático: aunque desde finales de los 1990 existían trabajos publicados en relación al probable alcance del máximo global de producción de petróleo en la década de los 2000s (conocido popularmente como “peak oil”), apenas tuvieron repercusión en el ámbito académico ni en la agenda política. Sin embargo, según la Agencia Internacional de la Energía, el pico de producción de petróleo convencional se alcanzó a mediados de la década pasada. Hasta el momento las consecuencias no han sido tan dramáticas como se había pronosticado debido principalmente al surgimiento con un ímpetu inesperado de la tecnología de fracking en EE.UU. Sin embargo, la explotación de combustibles no convencionales también está sujeta también a una enorme incertidumbre debido a la novedad que supone su extracción a gran escala.

En este trabajo hemos tratado de analizar esta incertidumbre mediante la revisión de la literatura y la implementación de los recursos energéticos fósiles disporefnibles en un modelo de análisis integrado de cambio climático, en combinación con la incertidumbre en la sensibilidad climática de equilibrio. En este artículo nos hemos centrado en el análisis de escenarios de referencia, ie., escenarios que no consideran políticas climáticas adicionales.

Aunque encontramos que el agotamiento de los recursos reduciría las emisiones acumuladas a final de siglo respecto de los escenarios actuales (Fig. 1 panel A), es muy probable que el uso de los combustibles fósiles disponibles a lo largo del siglo provoque un cambio climático de dimensiones peligrosas (Fig. 1 panel C), i.e. 88% de superar un incremento de temperatura de 2º en el año 2100).

Fig1

Figura 1: Trayectorias de emisiones totales acumuladas de CO2, forzamiento radiativo total y cambio de temperatura (2005-2100), y comparación con el rango del 5º Informe del IPCC para los escenarios de referencia (sin políticas adicionales de mitigación) para el año 2100. Los tonos grises representan los rangos de incertidumbre (rango total, 5–95%, 25–75%), la línea negra representa la mediana. (Para más detalles, ver la Figura 4 del artículo publicado).

 

Encontramos que el conjunto de recursos fósiles estará probablemente en su fase de declive durante la segunda mitad del siglo XXI (y seguramente antes de esa fecha debido a la no consideración en el modelo aplicado de restricciones a las tasas de extracción). Así, la transición hacia las renovables tendría que producirse antes de lo usualmente considerado. No obstante, recordamos que se estaría lejos de solucionar así al problema del cambio climático y nuestros resultados refuerzan las razones que justifican la necesidad de una acción global y rápida.

Por lo tanto, es probable que se necesiten más inversiones que las habitualmente consideradas para transitar a un sistema basado en energías renovables (lo que permitiría que las políticas de mitigación fueran menos costosas). Así, entre las recomendaciones políticas el trabajo pone especial énfasis en la necesidad de incrementar la investigación y niveles de inversión para el desarrollo y expansión de las energías renovables y tecnologías asociadas (e.g. gestión de la intermitencia) a nivel global. Las estrategias de anticipación son claves desde un punto de vista de sistema energético y climático.

Para aquellos interesados en la metodología y más detalles del trabajo, el artículo original en inglés está disponible en acceso abierto en el siguiente enlace:

http://pubs.rsc.org/en/content/articlelanding/2016/ee/c6ee01008c

Iñigo Capellán Pérez

 

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