“Cambio climático ¿por qué no lo frenamos?” Margarita Mediavilla (publicado en El Mundo edición Valladolid, 2007)

Cambio climático, ¿por qué no lo frenamos?

Los datos que recibimos acerca del cambio climático son cada día más alarmantes. Ya lo podemos notar en nuestros inviernos y empezamos a comprender que esta vez no sólo la naturaleza va a salir dañada, sino también nuestras playas, nuestra agricultura, es decir: nuestros bolsillos. Y, sin embargo, nadie parece hacer nada para frenarlo: Kioto apenas se cumple,  las energías renovables siguen siendo marginales, seguimos aumentando nuestras emisiones y nuestros gobernantes apenas dan tímidos pasitos. Ante esta perspectiva el ciudadano de a pie se desanima y opta por la estrategia del avestruz. El tema es tan preocupante que daría    para hacer manifestaciones   multitudinarias, pero no las hacemos    porque    no sabemos bien ni cuáles son las alternativas, ni, lo más importante, ¡ante quién tenemos que hacer la manifestación!

En realidad, cada uno de nosotros podríamos ser el blanco de estas manifestaciones, porque todos podemos hacer muchas cosas para reducir las emisiones de CO2: aparcar el coche e ir en bicicleta al trabajo, viajar menos en avión, consumir menos productos superfluos…pero prácticamente todas estas cosas chocan contra el mismo muro. Si todos vamos en bicicleta quebrarían las fábricas de automóviles, si todos compramos menos, cierran las tiendas, los talleres, las distribuidoras…etc. Casi todo lo que podemos hacer para ser más ecológicos se basa en consumir menos y, actualmente, eso conduce a un callejón sin salida: recesión y desempleo.

Hace 35 años se publicó el famoso informe Limites del Crecimiento de los esposos Meadows, G. Rangers y W. Behrens. El informe venía a decir que crecimiento económico y sostenibilidad eran incompatibles. Según ellos, el crecimiento conduciría a una gran crisis a mediados del siglo XXI a medida que las fuentes de energía y   materias primas se fueran agotando y los sumideros de residuos se fueran llenando. Por ello, la única salida era llegar a una economía de crecimiento cero y basada en energías renovables.    La teoría chocaba abiertamente con el capitalismo, y fue duramente combatida. En aquellos años el precio del petróleo subió. Este hecho dio publicidad al  informe Meadows, e hizo que se extendiera el pánico al fin del petróleo.

Sin embargo, la escasez de petróleo de los años 70 sólo era debida a causas políticas. Cuando, en los 80, volvió a bajar su precio, se pasó la moda de demonizar el crecimiento. La producción se hizo más limpia, se crearon parques naturales y pareció que el crecimiento económico y la naturaleza firmaban la paz. El presidente Reagan quitó los paneles solares    que Carter había instalado en la Casa Blanca y los tiró al desguace;  entramos en una época de  exaltación del consumismo, el lujo y la ambición empresarial.

Los años 80 fueron una encrucijada en la historia de la Humanidad. Según los expertos,   en aquellos años, la carga que el ser humano ejercía sobre el Planeta igualó su capacidad máxima. Para explicarlo de forma sencilla podríamos decir que el nivel de vida de los años 80  podía continuar indefinidamente si sustituíamos los combustibles fósiles por energías renovables, reciclábamos y no crecíamos más.

Pero no lo hicimos. Con la caída del muro,  llegamos a la conclusión de que nuestro sistema económico    era perfecto y no necesitaba ningún tipo de cambio. El crecimiento cero se olvidó como se olvidó el comunismo. La población siguió   aumentando y el consumo se disparó en los países ricos.

Estos años estamos llegando a otra encrucijada. Se está demostrando que hemos tocado varios límites: el Cambio Climático constata que la atmósfera ya no puede absorber más CO2, el agotamiento de las pesquerías es evidente, se  habla de escasez de agua potable, y también del cenit de la producción de petróleo. Los límites de los que hablaba el estudio Meadows están llamando a la puerta.

Si los límites están ahí ¿por qué no somos capaces de frenar, de consumir cada vez menos, de emitir menos CO2, o, por lo menos de no crecer? No debería ser tan difícil, sobre todo para los habitantes del mundo rico, que cubrimos sobradamente nuestras necesidades materiales… sin embargo la experiencia demuestra que no es tan fácil.

Una idea muy interesante que explica por qué dejar de crecer no es sencillo fue esbozada por un geólogo llamado Hubbert. Este científico se hizo famoso por pronosticar el cenit o pico máximo de la producción de petróleo de EEUU. Dicho cenit se produjo en 1972, como él había predicho 20 años antes.

Hubbert reflexionó acerca de la tendencia de la economía a gastar cada vez más energía y llegó a la conclusión de que la clave estaba en el interés bancario. Si una persona deja sus ahorros en el banco, y éste le entrega un tanto por ciento de interés, eso significa que el dinero debe aumentar cada año. Si este crecimiento del dinero no se ve compensado por un incremento paralelo de la riqueza real y la energía, Hubbert hablaba de que se producirían inestabilidades en el sistema energía‐economía, ya que el dinero dejaría de estar respaldado por la riqueza material y el aumento del dinero sería simple inflación. Esta es una hipótesis muy pesimista. Viene a decir que, para que una economía crezca, es necesario gastar cada año más energía y más recursos naturales, y dañar, de una manera u otra, cada vez más al Planeta.

Lo cierto es que los datos confirman tozudamente estas observaciones de Hubbert. En los últimos 200 años crecimiento económico y gasto energético han ido siempre de la mano. Por otra parte, el inicio del capitalismo y el crecimiento económico coincide con la explotación de los combustibles fósiles, que permitieron en el siglo XIX usar nuevas formas de energía. Además, todos podemos constatar lo difícil que es defender el medio ambiente: es luchar contra todo el sistema.

Queramos o no, lo cierto es que el crecimiento material tiene que parar en algún momento, como dice el informe Meadows. Eso es evidente porque la Tierra es finita. El problema está en ver si nuestra economía se puede adaptar a un crecimiento material cero y seguir creciendo económicamente. En los últimos 200 años nunca hemos sido capaces de hacer esto. Si es cierto que se ha conseguido ser más eficiente, es decir, requerir menos energía por unidad de PIB generado, pero nunca tanto como para invertir la tendencia y aumentar el PIB gastando menos energía y menos recursos.

¿Y si Hubbert tiene razón y la única forma de llegar a un equilibrio con la naturaleza está en modificar el sistema bancario?  Esta es una solución sorprendente, porque, a la hora de buscar soluciones al Cambio Climático siempre se mira hacia la tecnología y nunca hacia la banca. Sin embargo es posible que sea mucho más sencillo cambiar el sistema bancario (con todo lo que ello tiene de costoso) que buscar la tecnología para soportar a 9000 millones de seres humanos en un planeta árido, cálido, sin recursos naturales y superpoblado.

No estaría de más que, ante el reto del Cambio Climático, volviéramos la mirada hacia el debate sobre los límites del crecimiento que dimos falsamente por zanjado hace 30 años.   De momento estamos viendo que nuestro sistema económico no es capaz de dejar de emitir CO2 voluntariamente, ni es capaz de crecer sin requerir recursos naturales. Si dentro de unos años los límites físicos nos van a forzar a usar menos recursos naturales, deberíamos estar pensando ya cómo lo vamos a hacer para no caer en una crisis económica.  No hay que ser alarmistas y pensar que la crisis va a tener lugar mañana mismo, pero si previsores, ya que 15, 20 ó 30 años no son tantos.

Quizá los optimistas tengan razón y el Cambio Climático se puede solucionar con energías renovables, o simplemente esperando que los ricos del planeta podamos adaptarnos a las inundaciones, las sequías o la pérdida de tierras, pero tampoco estaría de más plantearse si existen otras soluciones aparte de las tecnológicas.  Por ello más vale que tengamos utopías político‐económicas en la manga que podamos esgrimir como bandera, porque los únicos sistemas alternativos al capitalismo que se han ensayado han sido regímenes totalitarios, comunistas, fascistas o teocráticos y han dado resultados bastante poco alentadores. Merece la pena plantearlo y pensarlo, aunque sólo sea por si acaso Meadows y Hubbert tienen razón y el capitalismo necesita cambios radicales para adaptarse al siglo XXI, igual que tenían razón los científicos que hace 20 años hablaban de Cambio Climático.

Margarita Mediavilla Pascual, publicado en El Mundo edición Valladolid, 2007.

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